viernes, 28 de octubre de 2022

El Último Bastión Español

 

Para concluir el episodio de la Independencia de México, y ante la cercanía del 13 de noviembre, la imaginación viaja a esa gloriosa fecha, en el año de 1825. 
Aunque oficialmente celebramos la proclamación de la independencia nacional el 27 de septiembre de 1821, los realistas no se fueron del todo, ya que se atrincheraron en Veracruz, en la fortaleza de San Juan de Ulúa. 
Desde ahí bombardearon la ciudad de Veracruz y esperaban que Fernando VII enviara la armada española para recuperar el virreynato.
 En 1824 don José Joaquín Herrera, ministro de Guerra y Marina,  ante el Primer Congreso de México advirtió sobre el riesgo que representaba la permanencia del ejército español en la fortaleza. 
La incipiente nación no contaba con navíos para hacer frente a los españoles, por eso hasta 1825 el presidente Guadalupe Victoria designó al General Miguel Barragán como Comandante General de Veracruz, adquirieron una flotilla de barcos ingleses y nombraron a Pedro Sainz de Baranda y Borreyro Comandante del Departamento de Marina de Veracruz, para iniciar el  bloqueo de San de Juan de Ulúa.

El 23 de noviembre de 1825, los españoles se rindieron dando fin a la colonia española. 




La Armada de México reconoce en el capitán de Baranda 
al fundador del arma naval de nuestro país.






San Juan de Ulúa
La fortaleza de San Juan de Ulúa se construyó en 1535 para defensa del puerto ante los ataques de piratas, principalmente ingleses, como los famosos y temibles John Hawkins, Francis Drake y el holandés Lorencillo.
Muchos años después fue utilizada como cárcel y forjó su historia negra. Es considerada una de las cárceles más siniestras de México. 
En las celdas de techo cóncavo y de 160 metros cuadrados, –donde se llegaba a alcanzar temperaturas de hasta 60 grados centígrados¬– podían hacinarse 200 presos. La malaria, la disentería y el maltrato de los celadores enloquecían a muchos prisioneros y mataban a la mayoría.







Muchos héroes y personajes que forjaron nuestra historia fueron encarcelados en sus calabozos, los mas conocidos son: El ex virrey José Iturrigaray, fray Servando Teresa de Mier, fray Melchor de Talamantes, José Mariano Abasolo, Carlos María de Bustamante,  José María Quintana, Lorenzo de Zavala, Francisco Javier Clavijero.
El libertador de la fortaleza el general Miguel Barragán, también padeció como reo. 
Prisioneros fueron también Antonio López de Santa Anna, Maximiliano de Habsburgo, Don Benito Juárez. 
Félix Díaz, Juan Rodríguez Clara, José  Neyra Gómez
Por San Juan de Ulúa entraron a México Maximiliano y Carlota y de aquí partieron al exilio Agustín de Iturbide y Porfirio Díaz.

Los novelistas:


Federico Gamboa visitó  la prisión de Ulúa y escribió “ la Llaga”, en la que describe vívidamente la terrible vida de los reos.

Los mitos:  
Como es habitual en estos lugares tenebrosos, surgieron mitos y leyendas. 
La Mulata de córdoba y Chucho el Roto perduran en el imaginario popular. 
Existe evidencia de la azarosa vida de Jesús Arriaga, el famoso bandido conocido como Chucho “el Roto”.  Cuando visites la actual hermosa fortaleza conocerás la pequeña bartolina donde estuvo recluido.

La radionovela:




El cine:










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domingo, 23 de octubre de 2022

Dia del Médico

¿Por qué y por quién se festeja a los médicos el 23 de octubre?

En En el año de 1937, durante la Convención de Sindicatos Médicos Confederados de la República, quedó establecido cada 23 de octubre como Día del Médico, en homenaje al doctor Valentín Gómez Farías y a todos los médicos.


Se conmemora la fundación del Establecimiento de Ciencias Médicas y el nacimiento de la medicina moderna.
El 23 de octubre de 1833, siendo presidente de la república don Valentín Gómez Farías, por medio de un decreto desapareció la retrógrada y obsoleta Real y Pontificia Universidad, y en su lugar se formaron seis establecimientos de estudios superiores, entre éstos el de Ciencias Médicas, que se estableció  en el Hospital de Betlemitas
El primer director del Establecimiento de Ciencias Médicas fue el doctor Casimiro Liceaga.




Hospital de Betlemitas
(hoy Museo Interactivo de Finanzas)

En breve, el Establecimiento de Ciencias Médicas cambió su denominación: en 1834 se transformó en Colegio de Medicina; en 1842 en Escuela de Medicina y el 18 de agosto de 1843 se denominó Escuela Nacional de Medicina, conservando este nombre hasta mediados del siglo XX cuando se transformó en Facultad de Medicina. Y así como la institución educativa fue cambiando de nombres, también fue modificando sus sedes hasta alcanzar la definitiva en 1854, el antiguo edificio de la Inquisición y posteriomente en la UNAM.


Escuela Nacional de Medicina
(Hoy Museo de Medicina de México)







Capsulitas de interés: 
El 20 de septiembre de 1551 el emperador de Alemania Carlos V (Carlos I de España) expidió una orden real para crear la Real y Pontificia Universidad de México .

El primer diploma médico de México fue otorgado el 10 de agosto de 1553, a Juan Blanco de Alcázar, pero fue expedido por la Universidad de Lérida en España.


 

Matilde Montoya Lafragua

Impúdica y peligrosa mujer pretende convertirse en médico.
Así gritaban los titulares de algunos diarios, cuando Matilde Montoya Lafragua, solicitó por segunda ocasión su entrada a la Escuela  Superior de Medicina. 
A pesar de presentar resultados sobresalientes, el reglamento no aceptaba la entrada de mujeres en la universidad. Sólo con la intervención de  dn. Porfirio Díaz, presidente de la república, que publicó un decreto permitiendo a las mujeres iniciar su educación profesional. 
El 25 de agosto de 1887, ante el general Porfirio Díaz, el director de la Escuela de Medicina, los profesores, y periodistas, la primera mujer en México recibió el título de Médico Cirujano.




Los libros:







El cine:






La narración:

Aunque soy médico jubilada, dedico esta narración a los médicos que heroicamente atendieron la pandemia de Covid 19.
En recuerdo con mucho amor a todos mis compañeros del hospital, con los que pasé una parte importante de mi vida 
Lo que relato es real, me lo platicó una de las protagonistas.

Cicatrices imborrables. 

–Una epidemia más. Ya hemos pasado cólera, dengue, influenza y siempre exageran la nota los periodistas y las autoridades. Seguramente para el verano acabe este bicho raro –así platicábamos en el hospital cuando llegaron las primeras noticias de que un virus desconocido, procedente de China, viajaba por avión a todo el mundo. 
Pero no se acabó. Un día llegó a mi hospital. 
De repente las 180 camas disponibles se transformaron para recibir a pacientes con dificultad para respirar.  El director del hospital, con su habitual servidumbre hacia los jefes que resuelven desde un escritorio, indicó: no se preocupen, llegarán respiradores suficientes para salvar esta emergencia. 
En pocas semanas mi vida se trastornó. Todos los días salían artículos médicos con imprecisas indicaciones sobre las causas del mal y su tratamiento. No disponíamos ni de la tecnología, ni de los sofisticados medicamentos.
 Intubar a un paciente era prácticamente desahuciarlo; no intubarlo también. 
El ánimo del hospital estaba decaído, a pesar de los esfuerzos, muchas personas morían. Los protocolos de manejo exigían que el personal médico tuviera equipo adecuado para evitar ser contagiados, pero el equipo no llegaba. Aun con los esfuerzos de mucha gente externa por ayudar, no teníamos lo necesario para la propia protección. Los protocolos también relevaban al médico de ejercer medidas heroicas de reanimación, por la alta posibilidad de contagio. Establecimos un “protocolo de no reanimación”. Teníamos miedo, si mucho miedo. Sabíamos que había personas con mayor riesgo, y se fueron a sus casas, pocos decidieron correr el riesgo. Así que los más jóvenes y sanos nos quedamos. Con miedo y el ánimo abatido por los pacientes que morían irremediablemente. 
Y aunque era imposible pensar en mayor tragedia sucedió.
Un dia después de casi treinta años de servicio el doctor García se jubiló. Tan solo tres días disfrutó la libertad, regresó a urgencias: el virus lo había infectado. Lo conectamos al respirador artificial. Aunque atendíamos a todos los enfermos, él era un médico, él estaba en peligro porque cuidó enfermos de Covid. Él era de la familia. 
Después de los agotadores turnos, nos turnábamos para cuidarlo, cuatro, cinco, ocho días, al fin lo extubamos. Feliz en la nota médica escribí “pre alta”. Mañana se iría. Llegó “mañana”, mientras pasaba la visita me avisaron –doctora venga a piso, el doctor García se siente mal. –Dile a la doctora Lucy que vaya a la cama 222– pedí a mi asistente. Llegamos juntas, el doctor nos miraba angustiado, intentado llevar aire a los pulmones. Lucy y yo no tuvimos que hablar, olvidamos el protocolo de “no reanimación”, sin el equipo adecuado hicimos lo posible. No fue suficiente.
Dos días después de que mi querido amigo murió, ingreso a urgencias su asistente médica. También murió. Se abrió la caja de Pandora en el hospital, médicos, asistentes, enfermeras, nutricionistas, camilleros, y muchos otros amigos sucumbieron ante el deber. 
Compañeros con los que había bromeado, con los que alguna vez discutí, que me apoyaron, inclusive que no me apoyaron, como pasa en todas las familias. Amigos que eran mi familia escogida, con los que conviví mas tiempo que con mis hermanos. El virus no tenia palabra, muchos jóvenes, sanos, murieron. 
Muchas veces sentí coraje ante esas personas que no creían, que paseaban irresponsablemente, y que llegaron al hospital, que atendíamos profesionalmente porque somos médicos. Porque somos enfermeras, porque trabajamos en un hospital. 

A mi, al igual que todos los que nos quedamos a atender la emergencia, el miedo se me metió bajo la piel, tuve miedo a morir, miedo a llegar a trabajar y encontrar otro amigo encamado. Miedo a contagiar a mis seres queridos. Ya no fue suficiente desinfectarme y dejar la ropa contaminada fuera de casa. Me fui a vivir al hotel, otros compañeros a cuartitos rentados y dejamos de ver a los que amábamos. 
Sobreviví a la pandemia de coronavirus, pero perdí a muchos amigos muy queridos, muchos héroes que dieron su vida para salvar la de otros. 
Tienen un sepulcro de amor en el corazón de todos.

Marissa Hess
  23 de octubre 2022




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El Último Bastión Español

  Para concluir el episodio de la Independencia de México, y ante la cercanía del 13 de noviembre, la imaginación viaja a esa gloriosa fecha...